Vanessa siguió apoyada contra el pecho de Ryan sin darse cuenta, sorprendentemente tranquila, como si hubiera olvidado que estaba sentada junto al sirviente de la familia.
Ryan le acarició el brazo para consolarla. Sabía que ambos se encontraban en la misma situación, obligados a aceptar ese acuerdo por las personas que más amaban.
En cuanto Vanessa se dio cuenta de que estaba entre los brazos de Ryan, levantó la cabeza y se apartó.
—L-Lo siento. No quería...
—Está bien. ¿Qué le parece si primero tomamos algo? Después podremos... empezar. No tenemos mucho tiempo. El señor Johnson solo nos dio dos horas —la interrumpió Ryan mientras servía un vaso de cerveza.
—Lo siento, no tomo cerveza —respondió Vanessa mientras negaba con la cabeza.
—Pruebe solo un poco. No es tan mala como cree. A mí tampoco me gusta beber demasiado. Dos vasos como máximo, apenas lo suficiente para entrar en calor. Pero si no quiere, no pasa nada. De todos modos, yo me encargaré de darle calor —dijo Ryan con toda inocencia.
Vanessa puso los ojos en blanco ante su comentario. Miró el reloj de la pared. Ya eran las siete y media.
Richard les había dado hasta las nueve, así que aún les quedaba una hora y media antes de que venciera el plazo.
Por un instante, Vanessa se quedó observando la cara de Ryan.
Esa noche, él transmitía una seguridad innegable. El sirviente al que veía todos los días en la casa no se veía ni de lejos tan común y corriente como siempre había supuesto. Lo observó terminarse un vaso de cerveza con toda tranquilidad, como si no fuera más que agua.
—¿Quiere un poco? —preguntó Ryan al notar que lo miraba—. No siga mirándome así; me da vergüenza. Si quiere un vaso, se lo sirvo.
Tras pensarlo, Vanessa decidió que no perdía nada con probar un poco. Quizá el alcohol la ayudaría a calmar los nervios antes de tener que llevar a cabo el plan de Richard.
—Está bien. Pero solo un poco, no demasiado.
Ryan sonrió y solo le sirvió un cuarto de vaso. Vanessa lo aceptó, aunque todavía vacilaba. Al levantar el vaso, percibió el penetrante olor a alcohol y apartó la cara por reflejo. No estaba acostumbrada a esa clase de bebidas.
—Vaya... Huele horrible —murmuró con una mueca.
Ryan rio entre dientes.
—Es normal. Tómela sorbo a sorbo. Ya se acostumbrará.
Vanessa volvió a acercarse el vaso a los labios con lentitud. El olor seguía siendo demasiado intenso. Contuvo la respiración y se dispuso a probarla por primera vez.
Entretanto, Ryan observaba con una sonrisa cómo su jefa probaba la cerveza por primera vez con cautela. Le resultaba extraño que una socialité tan sofisticada como Vanessa nunca le hubiera tomado el gusto al alcohol. Vanessa volvió a levantar el vaso poco a poco.
Cerró los ojos, contuvo la respiración y se obligó a dar un pequeño sorbo. En cuanto la cerveza le tocó la lengua, un sabor amargo se extendió por su boca.
—¡Cof!
La escupió y empapó a Ryan de cerveza antes de poder contenerse.
—¡Ay, no! ¡Lo siento mucho! —exclamó Vanessa al ver la camisa empapada de Ryan y se apresuró a limpiarse la boca con un pañuelo—. No fue mi intención. ¡Sabe horrible!
—Está bien. Lo entiendo —respondió Ryan con calma.
Ryan miró su camisa empapada y se la quitó. Al verlo sin camisa, Vanessa se quedó paralizada. No esperaba que estuviera tan musculoso.
“Dios mío... No es más que un sirviente, pero tiene un cuerpo increíble. Richard, en cambio... Bueno...” Vanessa se frenó a tiempo. “Ryan se ve mucho más fuerte de lo que jamás imaginé”.
Sacudió la cabeza para apartar ese pensamiento.
“No. ¿Qué estoy pensando? Un sirviente nunca deja de serlo. Nadie podría reemplazar a Richard. Además, ¿cómo voy a tener un hijo con este hombre? ¿Y si el bebé se parece a él?”
Vanessa se reprendió por dejar volar su imaginación y apartó la mirada. Mientras tanto, Ryan también se quitó los pantalones mojados para ponerlos a secar. Al fin y al cabo, tenían poco tiempo.
Vanessa se quedó sorprendida.
—¿Por qué también te quitas los pantalones? —preguntó mientras apartaba la cara.
Ryan quedó solo en ropa interior. Seguía allí de pie y era imposible ignorar su cuerpo atlético. Vanessa tragó saliva, nerviosa, y se obligó a desviar la mirada.
Ryan respondió como si se tratara de lo más normal.
—No tenemos mucho tiempo. Será mejor ir despacio en vez de apresurarnos. No quiero lastimarla. Haré cuanto pueda para que esté lo más cómoda posible.
Vanessa se quedó mirándolo, sorprendida por aquella explicación tan sincera y directa.
—Lo pensaste todo muy bien, ¿verdad...? —murmuró, cada vez más nerviosa.
Ryan volvió a sonreír y avanzó unos pasos hacia ella.
—Si hay algo que la haga sentir más cómoda, dígamelo. Haré todo lo posible.