La puerta se cerró por fin. Vanessa miró por última vez la cara de su esposo antes de tener que estar con otro hombre.
Respiró hondo, temblorosa, antes de dar el primer paso. Todo su ser le gritaba que no lo hiciera, pero el profundo amor que sentía por su esposo la había llevado a acostarse con su propio sirviente, algo impensable.
El cuarto estaba frío, pero Vanessa sentía un calor insoportable, casi tan intenso como el conflicto que la consumía por dentro y despertaba en ella el deseo de salir corriendo.
Entonces, una voz masculina y grave rompió el silencio.
—Señora Johnson, beba algo primero, por favor.
Ryan le ofreció un vaso con una de las bebidas que habían preparado especialmente para ellos. Richard había pedido cerveza para ambos. Vanessa se volvió hacia él con una actitud distante y fría.
Nunca quiso hacer esa locura, pero la presión de su esposo y la familia Johnson la empujó a cruzar un límite que siempre consideró imperdonable. Acostarse con un hombre que no era su esposo.
—¿No va a beber? —Volvió a preguntar Ryan.
Vanessa se llevó una mano a la frente dolorida mientras maldecía en su mente la situación imposible que la tenía atrapada.
Ryan comprendía lo que la atormentaba. No tenía ninguna intención de obligarla a hacer algo que no quisiera.
—¿Está molesta? ¿Se arrepiente de nuestro acuerdo? Si es así, no me molesta cancelarlo. Le devolveré el dinero al señor Johnson.
—¡No! No hagas eso. No voy a cancelar nuestro acuerdo. Yo... solo necesito un poco de tiempo. Por favor. Ahora mismo me está partiendo la cabeza. ¿Podrías dejar que me calme primero? —suplicó Vanessa.
Ryan asintió en señal de comprensión y no hizo más preguntas. Aun así, no pudo evitar sentir lástima por ella. Era evidente que esa noche no se encontraba bien.
¿Cómo iba a concebir un hijo de Ryan si estaba así?
—Lo siento. No parece estar muy bien. Si quiere, puedo masajearle la cabeza y el cuello. Los músculos de esa zona suelen tensarse y causar dolor de cabeza. En mi pueblo, solía masajearle la cabeza a mi suegra cada vez que tenía migraña. Siempre decía que después desaparecía el dolor y se sentía mucho mejor.
Ryan habló con el mismo respeto que siempre mostraba como sirviente de Vanessa, aunque sus hombros anchos y su aspecto rudo revelaban la fuerza y virilidad del hombre que ella tenía delante.
Vanessa se quedó pensativa ante su ofrecimiento.
Quizá tenía razón.
No perdía nada con aceptar su ayuda para aliviar el dolor de cabeza.
—¿De verdad sabes dar masajes en la cabeza? —preguntó.
Ryan asintió y sonrió con naturalidad.
—Si no me cree, puede dejar que se lo demuestre ahora mismo.
Vanessa recorrió el cuarto con la mirada mientras se preguntaba si debía permitir que su sirviente la tocara. Después de pensarlo unos momentos, aceptó.
—Está bien. ¿Dónde me siento? —preguntó mientras buscaba el mejor lugar.
—Siéntese ahí. Yo me subiré a la cama —respondió Ryan mientras se acomodaba sobre la cama extragrande.
—Está bien.
Vanessa siguió sentada en el mismo lugar. Ryan se acomodó despacio detrás de su jefa. La suave fragancia de Vanessa bastó para distraerlo.
Era un aroma delicado y seductor que lo invitaba a respirar más hondo.
“Qué bien huele. Debe cuidarse muchísimo. Dios mío... tiene la piel perfecta. Si yo fuera su esposo, jamás dejaría que otro hombre siquiera la mirara, mucho menos que se acostara con ella. El señor Johnson sí que es un hombre extraño”.
Como Ryan todavía no empezaba a masajearla, Vanessa se impacientó y miró por encima del hombro.
—¿Por qué tardas tanto? ¿En qué estás pensando? —preguntó con firmeza.
Ryan parpadeó y regresó a la realidad al escuchar a Vanessa.
—Eh... sí, señora. Lo siento. Estaba admirándola, nada más. Usted ama mucho al señor Johnson, ¿no? Lo ama tanto que aceptó estar aquí conmigo.
Vanessa suspiró, agotada.
—Ya no quiero hablar de eso. Empieza de una vez. Me está partiendo la cabeza.
—S-Sí, señora.
Ryan apoyó por fin sus fuertes manos sobre la cabeza de Vanessa. Presionó con suavidad las yemas de los dedos contra su cuero cabelludo e identificó por instinto los puntos de presión que aliviaban el dolor de cabeza. Sus manos descendieron poco a poco hasta detenerse en la base del cuello.
“Ah... Ryan de verdad sabe dar masajes. Ya no siento tanta tensión en la cabeza”, pensó Vanessa mientras se relajaba bajo sus manos.
Cerró los ojos despacio mientras el suave masaje disipaba la tensión de su cuerpo.
Sin embargo, al cabo de un rato, la forma en que Ryan la tocaba le provocó un nerviosismo que no esperaba.
Sus movimientos eran muy suaves y él estaba demasiado cerca. Sus manos presionaron la base del cuello y luego se deslizaron hacia los hombros y la parte alta del pecho.
Vanessa bajó la mirada.
Las grandes manos de Ryan estaban a pocos centímetros de las suaves curvas de sus senos. Su respiración se volvió irregular.
Ryan parecía conocer cada punto de presión y saber dónde tocar para relajarle el cuerpo... y hacerla sentir bien cuando menos lo esperaba.
—¿Qué tal se siente? —le susurró al oído—. ¿Le gusta?