Mi Magnate Bajo el Delantal
Mi Magnate Bajo el Delantal
Por: Miss Luxy
Capítulo 1
Ryan examinó la pila de billetes que tenía delante.

—Veinte mil dólares. ¿Todavía no es suficiente?

El hombre intentaba negociar un trato con el sirviente que trabajaba en la residencia de los Johnson.

Ryan, un padre viudo de treinta y cinco años con tres hijos, parecía atormentado por tomar una decisión. Trabajaba como sirviente de casa para Richard Johnson y Vanessa Sterling, un matrimonio adinerado que buscaba desesperadamente la forma de tener un hijo.

—Solo tienes que embarazar a mi esposa —dijo Richard, el esposo de Vanessa.

Vanessa estaba de pie junto a su esposo, incómoda.

¿Cómo iba a acostarse con el sirviente que trabajaba en su propia casa?

Richard fue más explícito. Sabía que Ryan necesitaba dinero desesperadamente para mantener a los tres hijos que vivían en su pueblo.

—Este es el anticipo. Cuando se confirme que Vanessa está embarazada, lo aumentaré a cien mil dólares. Será más que suficiente para mantener a tus hijos. Entonces, ¿te parece bien? Y no te preocupes. No tendrás ninguna responsabilidad. Cuando Vanessa quede embarazada, podrás retomar tu vida normal. La única condición es que mantengas nuestro acuerdo en secreto. Nadie puede enterarse jamás —explicó Richard con toda tranquilidad.

Ryan tenía una cara tosca y varonil, sencilla pero llamativa. Sus ojos penetrantes, el abundante cabello negro y rizado y su físico casi perfecto hacían que destacara.

Su complexión atlética no tenía nada que envidiarle a la de un fisicoculturista gracias a sus años como encargado del gimnasio en su pueblo. Por eso, tenía un cuerpo fuerte y bien proporcionado.

—Pero, señor... ¿no cree que esto va demasiado lejos? La señora Johnson es su esposa. ¿De verdad está dispuesto a permitir que un hombre como yo la toque? Yo... No puedo creer que me pida algo así —respondió Ryan, tratando de preservar la dignidad de su jefe.

—¡Ja! Al carajo con eso. Lo único que queremos es un hijo. Si esto no funciona, nuestro matrimonio se irá al diablo y perderé todo lo que construí. No permitiré que esto pase —declaró Richard con firmeza.

Vanessa bajó la mirada. Lo cierto era que nunca estuvo de acuerdo con la propuesta de su esposo. Aceptarla significaba que Ryan y ella tendrían que cruzar un límite íntimo que jamás debió existir entre ellos.

—Richard... ¿estás seguro de que quieres que haga esto? No sé. Tengo un mal presentimiento —dijo Vanessa.

La hermosa hija de uno de los empresarios más ricos de la ciudad miró a su esposo en busca de apoyo.

—No tenemos otra opción. Sabes que tu padre está desesperado porque tengamos un hijo. También sabes que los médicos dijeron después de mi accidente que soy estéril. No puedo darte un bebé. Pero te amo muchísimo, Vanessa, y no quiero perderte. Es la única manera.

Vanessa intentó comprenderlo. Su esposo sí sufrió graves daños en el aparato reproductor.

Tras el accidente ocurrido dos años antes, los médicos determinaron que Richard era estéril de por vida. La exposición a sustancias químicas peligrosas le dañó los testículos de manera irreversible.

Además, los padres de ambos los presionaban para que tuvieran un heredero cuanto antes. Llevaban cinco años casados y Vanessa todavía no quedaba embarazada.

Ella amaba profundamente a su esposo y no soportaba imaginar que la carrera de Richard se derrumbara. Después de todo, trabajaba para la empresa de la familia Sterling.

Como no tenía otra opción, aceptó a regañadientes la petición de su esposo. De un modo u otro, debía aceptar que Ryan sería el hombre que le daría el hijo que no podía tener con Richard.

Aun así, no lograba disipar sus dudas. Para ella, Ryan no era más que el sirviente de la familia.

—Está bien, lo haré. Pero, Richard, sinceramente no sé si Ryan puede darnos un hijo sano. Es un pueblerino y vaya que lo parece —dijo Vanessa mientras observaba el aspecto sencillo de Ryan.

Ryan se dio cuenta de que hablaban de él. Se miró de arriba a abajo y luego olió su camisa con disimulo. Tras pasar el día limpiando la casa, percibió el olor agrio del sudor que impregnaba su cuerpo.

Además, siempre usaba unos pantalones de trabajo que le dejaban los tobillos al descubierto mientras hacía los quehaceres. Era obvio que no era el tipo de hombre que la mayoría de las mujeres consideraría atractivo.

“¿La señora Johnson querría siquiera acercarse a un tipo como yo? Ella es hermosa, pero yo... Huelo como un animal casi todo el día. ¿Cómo podría embarazarla?”, se preguntó Ryan, confundido.

No era de extrañar que Vanessa sintiera rechazo por él. Era una socialité que pasaba los días entre la élite de la ciudad. ¿Cómo iba a aceptar gestar al hijo del sirviente que trabajaba en su propia casa?

Richard intentó persuadir una vez más a su esposa.

—Vamos, cariño. No es tan malo como crees. Aunque Ryan venga de un pueblo y trabaje como sirviente, no dudo de él ni por un segundo. De no ser por él, esa pandilla me habría matado a golpes. Sé que puede ayudarnos. Además, ya tiene tres hijos, así que sabemos que no tiene ningún problema. Seguramente solo serán necesarias una o dos noches para que quedes embarazada.

Richard ni siquiera se detuvo a pensar en las consecuencias. Solo le importaba proteger la exitosa carrera que construyó con tanto esfuerzo.

Vanessa terminó por ceder. Amaba demasiado a su esposo para negarse.

—Está bien. Haz lo que quieras. Pero no me culpes si el bebé termina pareciéndose más a él que a ti —respondió con voz débil.

Richard sonrió y la besó en la frente.

—No te preocupes por eso. Lo único que importa es que quedes embarazada y des a luz a un hijo. Ese ha sido nuestro objetivo desde el principio, ¿no?

Luego regresó junto a Ryan, que permanecía cabizbajo.

Ryan estaba nervioso. No era un trabajo cualquiera. Parecía bastante sencillo, pero implicaba riesgos enormes. Sin embargo, le había prometido a su hija que le compraría una bicicleta nueva.

—Entonces, Ryan, ¿qué opinas de mi oferta? Mi esposa ya aceptó y ahora espero tu respuesta. Recuerda que necesitas mucho dinero para pagar los estudios de tus hijos. ¿No quieres hacer felices también a tus padres? Con ese dinero podrías reparar tu casa para que tus hijos no tuvieran que preocuparse por las goteras cada vez que llueve. Piénsalo bien. Te hago esta oferta porque sé que eres el único que puede ayudarme.

Para un sirviente, la idea de tocar a la esposa de su jefe era impensable. Traspasaba todos los límites de la decencia y la lealtad.

Pero al ver la situación desesperada a la que había llegado el matrimonio de Richard y Vanessa, Ryan empezó a vacilar.

A menudo los oía discutir porque no podían tener hijos. Más de una vez vio a Vanessa llorar después de esas amargas peleas y no pudo evitar sentir pena por ella.

Tras pensarlo detenidamente, Ryan aceptó ayudarlos.

—Está bien. Lo ayudaré. Solo... dígame qué debo hacer —dijo con ingenuidad.

Richard estalló en carcajadas.

—Por Dios, Ryan. Ya tienes tres hijos, ¿y me preguntas cómo se hace?

A Vanessa también se le escapó una risita.

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