Ryan se rascó la nuca. Como viudo, siempre procuraba proteger su reputación de hombre honorable. Solo aceptó trabajar para Vanessa y su esposo porque Richard se lo pidió personalmente como una forma de recompensarlo por haberlo salvado de una pandilla.
—Sé cuál es mi lugar. Solo soy el sirviente de esta casa. Mi trabajo es limpiar, mantener todo en orden y cuidar de su hogar. Por eso me resulta tan extraño que me pidan hacer algo así con la señora Johnson. ¿No le daré asco? Está acostumbrada a un hombre de buen parecer y refinado como usted, señor Johnson. Y de pronto tendrá que estar con alguien que se ve como... bueno, como yo. Temo que salga corriendo antes de que siquiera empecemos —dijo Ryan.
Richard se echó a reír por la franqueza de Ryan. Vanessa, en cambio, no pudo ocultar la incomodidad. Ryan no estaba del todo equivocado. ¿Cómo iba a aceptar algo así si el hombre en cuestión era alguien como él?
—Ryan, eres increíble —dijo Richard entre risas—. Deja de preocuparte tanto. Mi esposa ya aceptó y quiero que para el mes próximo esté embarazada. Ahora mismo está ovulando. Si aceptas, reservaré una habitación de hotel hoy. Iremos los tres y tú y Vanessa podrán... hacerlo ahí. Les daré dos horas. Para entonces, tendrán que haber acabado y estar fuera de la habitación. ¿Trato hecho?
La propuesta era absurda. Con tal de proteger su carrera, Richard estaba dispuesto a permitir que otro hombre se acostara con su esposa.
—¿En un hotel... hoy? —Ryan estaba sorprendido.
—¿Qué? ¿No puedes hacerlo? —preguntó Richard con una ceja en alto.
—¿Por qué tiene que ser en un hotel? ¿No podríamos hacerlo aquí, en la casa? —propuso Ryan con inocencia.
—Podríamos, pero tengo que reunirme con un cliente ahí. Los esperaré en el vestíbulo del hotel. Al cabo de dos horas, sales y todos volvemos a casa como si nada hubiera pasado.
—¿Tiene que ser esta noche? ¿No es demasiado pronto? Siempre podemos hacerlo mañana... o pasado mañana.
—Cuanto antes, mejor —respondió Richard—. Sobre todo ahora que mi esposa está ovulando.
—Yo... supongo que tiene razón. Lo único que importa es que la señora Johnson acepte. Por mí, haré lo que me pida.
Richard se volvió hacia su esposa.
—¿Y bien, cariño? ¿Estás lista para esta noche? —preguntó con una sonrisa alentadora.
Vanessa suspiró.
—No lo sé, Richard. ¿En serio tengo que hacer esto con Ryan? ¿No podía haber sido alguien como William Levy o Chris Evans? Al menos tendría algo agradable que ver y probablemente también buenos genes. Pero no, se supone que debo hacerlo con el sirviente. ¿Y si el bebé sale idéntico a él?
Hizo un esfuerzo por bromear para aliviar su ansiedad. Casi no podía asimilar que Ryan, un hombre de un pequeño pueblo, fuera a engendrar al hijo que ella llevaría en el vientre.
—Todo saldrá bien —le aseguró Richard—. Ryan no es tan malo como crees. Cierra los ojos si no quieres mirarlo. Recuerda por qué hacemos esto. Queremos un bebé.
Vanessa volvió a suspirar, agotada.
—Está bien. Haz lo que quieras. Pero primero arregla a Ryan. No puede parecer recién llegado del campo. Al menos haz que se vea un poco diferente. No puedes pretender que lleguemos a un hotel con él vestido así.
Sabía muy bien cómo se veía Ryan todos los días. Tras escuchar la petición de su esposa, Richard examinó a Ryan. Vanessa tenía razón. Él vestía con demasiada sencillez para un hombre de su edad.
—Eso no será problema —dijo Richard—. Me aseguraré de que se arregle antes de irnos. Lo único que importa es que tú estés cómoda.
Luego, Richard le entregó a Ryan un acuerdo por escrito que incluía líneas para las firmas. El contrato establecía varias condiciones importantes.
En primer lugar, una vez que se confirmara el embarazo de Vanessa, Ryan no podría volver a relacionarse con ella por ningún motivo.
En segundo lugar, ante la ley, el hijo que concibieran sería reconocido legalmente como hijo de Richard.
Lo más importante era que Ryan jamás podría solicitar la custodia ni afirmar que era el padre, ni siquiera cuando este fuera mayor de edad.
Richard le pagaría el anticipo en persona y entregaría el saldo restante cuando un médico confirmara el embarazo de Vanessa. Además, Ryan tendría que mantener el acuerdo en secreto durante el resto de su vida.
Después de leer con cuidado todas las condiciones, Ryan firmó el acuerdo. Si incumplía una sola cláusula, Richard emprendería acciones legales contra él o se encargaría de que tanto Ryan como su familia, incluidos sus tres hijos, pagaran las consecuencias. Su firma quedó plasmada en el acuerdo.
Sin ningún vínculo matrimonial entre Ryan y Vanessa, Richard lo contrató para que engendrara un hijo con su esposa.
—Trato hecho.
El acuerdo quedó cerrado. A petición de Vanessa, Richard llevó a Ryan a un salón de belleza para que le cambiaran por completo la imagen. Mientras tanto, Vanessa también se preparó. Estaba dispuesta a sacrificarlo todo por su esposo con tal de mantener intacto su matrimonio. Lo amaba demasiado para permitir que se desmoronara.
Vanessa se fue con Richard, mientras que Ryan se reuniría con ellos en el hotel. Cuando terminó en el salón de belleza, se dirigió al hotel donde habían acordado encontrarse.
—¡Listo! ¡Dios mío...! ¿En serio este es el sirviente del señor Johnson? ¡Vaya, sí que es guapo! ¡Y qué varonil! —exclamó con asombro un integrante del personal del salón de belleza tras la transformación de Ryan.
Ryan parecía otro hombre.
Con un pantalón negro de vestir hecho a la medida y una camisa granate de botones, se movía con una seguridad natural. El tono intenso realzaba su piel bronceada y lo hacía parecer varios años más joven.
Ya no parecía el sirviente de casa que pasaba los días limpiando, sino todo un empresario exitoso, sobre todo gracias a su nuevo peinado.
Su físico completaba la transformación.
Las mangas levantadas de su camisa granate dejaban al descubierto unos antebrazos fuertes, esculpidos por años de trabajo físico. Con el pecho ancho y el cuerpo atlético, era la clase de hombre que ninguna mujer podía pasar por alto.
A las seis y media de esa tarde, Ryan llegó al hotel y esperó afuera a Richard y Vanessa. Para su sorpresa, pronto acaparó todas las miradas.
Las mujeres que pasaban por el vestíbulo del hotel no dejaban de mirarlo. Algunas incluso se acercaron para tomarse una selfi con él, como si fuera famoso.
Poco después, Richard y Vanessa llegaron al hotel que habían reservado para pasar la noche. El matrimonio se sorprendió al ver a un grupo de mujeres reunidas afuera.
—¿Qué pasa? —preguntó Vanessa con curiosidad.
—Ni idea. Tal vez llegó algún famoso —dijo Richard.
—¿Dónde está Ryan? Ya es tarde y todavía no llega.
Richard sacó el celular y llamó a Ryan. El de Ryan sonó en su bolsillo, en medio de la multitud que lo rodeaba.
—Con permiso... con permiso. Tengo que contestar —dijo Ryan con cortesía mientras se abría paso para salir del grupo.
—Hola, señor. ¿Dónde está? —preguntó Ryan al tiempo que recorría el lugar con la mirada.
—Estoy frente al vestíbulo del hotel. ¿Dónde estás tú? —respondió Richard con la vista puesta en la multitud, en busca de Ryan.
—Qué fastidio —murmuró Vanessa—. Parece como si todos estuvieran esperando a una estrella de cine.
En ese momento, Richard vio a un hombre que les hacía señas con entusiasmo.
—¡Señor! ¡Por aquí!
Ryan atrajo la atención de Richard y Vanessa con su grito.
—¿Ese es... Ryan? —Vanessa olvidó su fastidio.
Vanessa contempló atónita a aquel hombre que, sin duda, era Ryan. Solo que esa vez parecía mucho más atractivo.