Alfa Dean corría desbocado, podía oler las emociones que lo embargaban, y sabía que estaba al límite. No tenía ni idea de que era lo que había leído en aquel aparato que había en la cabaña, pero si que sabía que ahora se dirigía hacia la casa de la Manada como si ese fuera el único lugar que exitiera en el mundo. Podía ver la cojera de la pata en la que le había disparado, por error, la flecha, y sabía que aunque nuestro encuentro lo hubiera hecho sanar, sus heridas internas estaban aún fresca