Me siento incapaz de sentir dolor alguno.
Todo sucedió tan rápido: la daga de plata penetró mi pecho casi sin resistencia. No sentí dolor, solo una extraña y repentina ligereza que se extendió por todo mi cuerpo, una sensación de libertad sin precedentes.
Porque nunca más volvería a sentir dolor.
El veneno plateado se propagó por mis venas como agua helada, adormeciendo todo a su paso. A lo lejos, escuchaba sonidos, voces alteradas, pasos apresurados, alguien gritando mi nombre. Pero parecían pr