—¡Es en momentos como este, que debes aferrarte a la mano de Irene! No importa lo que digan afuera, no debes soltar su mano jamás.
¿Crees que lo deseo? ¿Crees que quiero verla con Pol y no poder hacer nada al respecto?
—Abuelo, lo dije y lo hice. Puedes volverme a golpear ahora.
Alejandro apretó los puños con los ojos enrojecidos. —Puedes golpearme y regañarme, pero después, descansa. Luego, debes dejar atrás todo lo que solíamos ser Irene y yo.
—¿Dejarte ir? Entonces, ¿por qué te vas? ¿Vas a c