—Ya suéltala—dijo Rodrigo mientras miraba a los dos sirvientes que sostenían a Noa. Sus ojos, con una mirada fría y aterradora, brillaban con una oscura determinación, y su voz era grave y profunda, como si proviniera del mismísimo hades.
Los dos sirvientes estaban igualmente nerviosos y miraron a Leona buscando ayuda.
Leona, al escuchar la orden de Rodrigo, se dio cuenta de que él estaba preocupado por Noa, por esa maldita niña. Inicialmente, había estado dispuesta a retirarse ya que Rodrigo er