Alejandro no tenía tiempo para sumergirse en el asombro.
Porque el acantilado debajo de él estaba a punto de colapsar.
—Irene, ¡apresúrate! — Alejandro exclamó instintivamente, pronunciando ese nombre después de tanto tiempo.
Clara sintió una sacudida en su corazón y sus latidos se volvieron frenéticos.
Esa llamada, le infundió una extraña fuerza, permitiéndole subir al borde del acantilado en el último momento y arrojarse en brazos de Alejandro.
El hombre la abrazó con fuerza, apretándola