Ese día, tras liberarse de los brazos de Rodrigo, Noa regresó a casa y pasó toda la noche sin dormir.
Tampoco salió ilesa, al volver se dio cuenta de que se había rasguñado el codo. La sangre se mezclaba con el pus y una sensación ardiente y punzante le hizo torcer la boca, casi llorando.
Al haber escapado en secreto, no se atrevió a contarle a nadie, así que encontró una caja de medicinas y se ocupó de la herida de manera muy básica. Luego, se acurrucó en la cama con su oso de peluche, sintiénd