— Buenos días, Señor Ximénez y Señor Hernández.
Una voz melodiosa y encantadora llegó como campanillas tintineantes al oído de los allí presentes.
Alejandro dio un respingo y alzó la mirada, sólo para ver a la mujer sentada en la pequeña van, era nada más ni menos que la mismísima Clara Pérez.
Un estremecimiento recorrió el corazón de Alejandro, mientras una corriente cálida fluía por sus venas.
Incluso ayer, esta mujer le infligió una humillación tan dolorosa como una herida abierta. Pero al ve