Pero ella solo sintió extrañeza y malestar, como si una fila de pequeñas hormigas estuviera subiendo por su tobillo hacia la pantorrilla, haciéndola sentir incómoda. La tardía ternura era como una lata de comida caducada, sin dulzura, solo un olor rancio.
Clara sacó su teléfono y llamó a Aarón: —Aarón, estoy en la Ciudad de México, en Villa Mar. Ven a recogerme ahora.
—¡¿Qué?!— Aarón exclamó sorprendido—¿Cómo es que estás ahí?
—Hablamos cuando llegues—respondió Clara.
Colgó el teléfono y se diri