En el día del funeral de Luisana, el cielo, que había estado sombrío durante varios días seguidos, repentinamente se despejó y se mostró despejado.
En el tranquilo y solemne cementerio, el sol se filtraba entre las copas de los árboles, proyectando sombras moteadas, mientras una suave brisa hacía susurrar las hojas de los árboles.
Frente a la tumba de Luisana, Rodrigo bajó la mirada, con los ojos que parecían haber perdido todo brillo, y colocó suavemente un ramo de blancos claveles, tan puros c