Juan, con las manos descuidadamente metidas en los bolsillos de su abrigo, inclinó la cabeza y preguntó: —¿Está Clara aquí?
Alba lo examinó, con una chispa de precaución en sus ojos, sintiendo cierta confusión: —¿Eres amigo de la señorita de la casa?
Juan negó con la cabeza, sonriendo al responder: —No lo soy.
Alba se sorprendió, frunciendo el ceño con cautela: —¡¿Oh?! ¿No serás el pretendiente de la señorita? ¿O acaso eres el rival del joven de la casa? —Su tono revelaba un leve pánico y precau