La expresión de Fernando se volvió un poco rígida. —No hay razón alguna para que pienses que te desprecio. Tanto tú como Alejandro son mis amados y nietos queridos. —Habló lentamente, con la voz ronca y pesada.
—Abuelo, solo estaba bromeando. Álvaro sonrió con gran ternura, sus ojos rebosaban de cariño. —Sé que nos amas inmensamente a mí y a Alejandro por igual.
Justo en ese momento, la puerta de una lujosa limusina se abrió lentamente frente a la entrada del hospital, revelando una figura elega