Alejandro percibió en ese instante que la mano de Clara estaba un poco fría, y su respiración se tornaba muy pesada.
Sabía muy bien que ella estaba recordando cosas muy desagradables del pasado, que le dolían el corazón.
La palma cálida de Alejandro se posó en la parte posterior de su cabeza, y sus labios temblorosos rozaron su frente, consolándola suavemente en su oído:
—Clara, no pienses más en esas cosas desagradables. Mira, ¿estoy bien ahora? Mi esposa es la mejor médica del mundo, y gracias