La pantalla del teléfono se apagó, pero sus ojos llenos de enojo seguían presentes ante Irene.
—Maldito hombre, ¿se atreve a chantajearme con el divorcio? ¿Cómo puede ser tan desvergonzado? ¿Aún quieres controlarme de por vida con un simple certificado de divorcio?
—Irene, lo siento—suspiró Rodrigo mientras se frotaba la nariz enrojecida por el picor. Sentía una leve inquietud en su corazón. —Todo esto es culpa mía, debería haberme callado, no debería habérselo dicho.
—No es culpa tuya—dijo Clar