El sol se ponía en el horizonte, los rayos dorados penetraban las nubes con un brillo deslumbrante.
Alejandro, exhausto, se sentó en el asiento trasero del lujoso auto que se dirigía a Villa Mar.
—Señor Hernández, ya he manejado esas cuentas que difamaron a la Señora, ya les he suspendido las cuentas y les he enviado cartas de abogados. Eso debería ser suficiente para detenerlos. Pero en cuanto a la información de la boda, no podemos eliminarla, eso es un problema muy difícil —dijo César con u