—¡Policía... ¿Policía?! ¿Esos perros de baja clase vinieron de nuevo? — Eduardo recordó los terribles días que pasó en la cárcel, peor que un cerdo o un perro. Ya no quería volver a esos días de penurias, tragando paja y comida maloliente. Estaba tan asustado que sentía que su alma iba en ese instante a volar. —¡Papá! ¡Hermano mayor! ¡Tienen que detenerlos!
La expresión de Simón se oscureció por completo y caminaba de un lado a otro, muy ansioso.
—Eduardo, no te pongas nervioso, — dijo Leonardo