—Eduardo, ¿realmente crees que tus acciones son impecables?
Esta encantadora y melodiosa voz pertenece a Diego.
Pero un estruendo, un objeto grande rueda como una pelota y se escucha un aullido de dolor.
¡Sorpresa! ¡Es la secretaria de Eduardo!
Eduardo siente un leve escalofrío, su corazón late aún más rápido.
—Por favor, perdóname. Ruego que me perdones.
La secretaria, con el rostro distorsionado por los golpes, está atada y retorcida, con las manos y los pies colgando de manera muy antinatural