—Clara, soy yo—Alejandro resonó en su mente, su voz fuerte y áspera como si estuviera llena de arena.
Él abrazó con fuerza el cuerpo tembloroso de Clara, como si temiera que ella se desvaneciera en el aire si lo soltaba un poco se golpeara fuertemente. Su corazón latía con un dolor agudo. —Clara, dime dónde te duele. ¡Rápido, dime!
—¡El caballo, el caballo! —Clara, recuperando su capacidad de pensamiento, pensó de inmediato en el pobre animal. Se esforzó por liberarse del abrazo del hombre y se