—Ayudante, ríndete ya de una vez por todas— Alejandro fue claro y conciso, su rostro frío como una escarcha. En este momento, incluso podía escuchar el burbujeante sonido de su propia sangre goteando desde su hombro izquierdo. Su respiración se debilitaba poco a poco, ya no tenía fuerzas para hablar más.
Los asesinos estallaron en carcajadas. —¡Jaja…! bien hecho, Alejandro. Estoy justo delante de ti, ven a arrestarme.
El ayudante torció el cuello, su expresión volviéndose gradualmente maliciosa.