Daniela estaba muy afligida, las lágrimas brotaban sin control de sus ojos. Emilia, a su lado, lloraba sin cesar.
—¡Todo en realidad es solo culpa mía! —se golpeó fuertemente la cara.
Daniela levantó la mano para detenerla: —No es tu culpa, bobita. Es mi culpa. Debería haberme mantenido alejada de Sebastián y Sofía.
Ambas lloraban, el médico intervino: —Dejen de llorar. Llorar demasiado en verdad no es bueno.
—Lo que debes hacer ahora es mantener un estado de ánimo feliz, darle fuerza al pequeño