Baltasar lamió la sangre que le cayó en la cara y se rio alocadamente: —No es que yo quiera, es que tú te niegas a arrodillarte. No me dejaste otra opción.
—No te preocupes por eso, no te mataré tan rápido. Te cortaré poco a poco hasta que te desangres por completo, y luego te enviaré al infierno.
—Te lo dije, esta herida, te la haré pagar mil, diez mil veces si es necesario.
Baltasar avanzó con una sonrisa siniestra, levantando con furia el cuchillo de nuevo. Sofía, aguantando el dolor en su es