Sus ojos ardientes hicieron que Daniela se estremeciera y retrocediera asombrada: —Tú... tú tranquilízate.
Sebastián entrecerró un poco los ojos y se acercó aún más, su respiración se hizo aún más pesada: —Intenta calmarte tú.
Daniela no pudo evitar suspirar y puso con delicadeza una mano en su pecho: —Aléjate un poco. Voy a buscar en este momento a Gonzalo para que te lleve al hospital.
La fría mano de Daniela en su pecho proporcionó al instante un alivio temporal al ardor que sentía Sebastián,