Catalina tampoco había previsto aquel giro. Tiró del brazo de Martín y le habló en un susurro que solo él podía oír.
—No podemos echarlo todo a perder ahora. Di que ella te sedujo. ¡Tienes que dejar claro que es una cualquiera!
El primer impulso de él fue negarse. Pero los ojos siempre vivaces de Catalina estaban llenos de nerviosismo y súplica. Recordó aquel accidente: todos habían tenido miedo de acercarse, y solo ella había arriesgado la vida para sacarlo del auto.
La sangre le cubría los ojo