Era joven y atractivo. Su porte y sus modales no tenían nada que envidiarles a los de Martín o Joaquín. Miraba a Renata con una ternura profunda.
Lo que más le dolió a Martín fue que ella también sonreía y le correspondía con la misma ternura. Solo entonces comprendió que la había perdido definitivamente. O, quizá, que nunca la había tenido.
Permaneció allí mucho tiempo, hasta que terminó la celebración en el jardín y los invitados regresaron al salón de la mansión. Esbozó una sonrisa amarga, se