—¡Estás loco! —no pudo evitar soltar Renata.
—¡Muy loco! —añadió su padre.
Unidos contra él, dejaron de hacerle caso y se alejaron en sus bicicletas. Martín no se enojó ni los siguió.
Renata y David pedalearon durante un buen rato por la orilla del lago. Después cenaron en un restaurante que tenía muy buena fama. Su humor mejoró bastante.
Cuando ya había oscurecido, regresaron a la posada conversando y riéndose.
Un estallido resonó en el cielo. De pronto aparecieron fuegos artificiales deslumbra