La fría voz de Armando resonó, y pude sentir claramente la frialdad en su tono.
—Sí...— respondí, bajando la cabeza, sin atreverme a mirar sus ojos.
—¡Sube al auto!
Con el ceño fruncido, su mirada ya mostraba una chispa de enojo. Este hombre lo decía con tal determinación que si seguía siendo terca y no subía al coche, probablemente se enfadaría aún más. Así que, sin rechistar, me subí a su auto.
Nunca antes lo había visto manejar este coche. Una vez dentro, me sorprendió el espacio y la comodid