Así, nos quedamos uno al lado del otro en silencio, lo que se ha vuelto bastante común en los últimos diez días.
—¿Te puedo contar una cosa? —De repente digo, con la cabeza recostada en la pared, las piernas dobladas para apoyar los brazos en las rodillas y la mirada en cualquier punto enfrente.
Ares no responde, pero lo tomo como una confirmación y lleno mis pulmones de aire antes de comenzar mi confesión.
—Cuando Maya decidió irse a vivir contigo, te odié con todas mis fuerzas. John me vio ll