Nadie, absolutamente nadie, me miró raro por mi ropa. Nadie me tocó sin permiso, tampoco, a pesar de haber notado la mirada interesada de una mujer que ni siquiera intentó acercarse después de ver el collar en mi cuello.
Más confiada, seguí explorando. Encontré el bar, los baños, identifiqué a los varios guardias de seguridad esparcidos por el salón, después encontré las salas de exhibicionismo todavía vacías y las cabinas privadas. Por último, volví a la larga pista de baile llena de gente ilu