—Aún estás borracha. —dijo, apoyando la cabeza en la almohada, sin repelerme cuando, tímidamente, me acosté junto a él, pero también sin abrazarme de vuelta. —Y no puedo castigarte en ese estado.
—Entonces… —Murmuré, tratando de entender exactamente a qué se refería.
—Entonces descansa bien, ángel. —Completó Ares. —Mañana será un largo día para ti.
Estoy bastante segura de que esta fue la primera vez que Ares no me abrazó para dormir, y la sensación fue extraña.
De alguna manera, siento que mi