Todavía no podía creer el cambio en mi madre que, por fin, había aceptado mi relación con Esmeralda y, siguiendo su consejo, tomé el primer avión que partía a Nueva York para alejarme, por al menos dos semanas, del hotel en donde se alojaba el amor de mi vida.
—Lo que quiero que entiendas —dijo mi madre cuando conseguí controlar mi euforia—, es que, si sigues aquí, la perjudicarás a ella, a ti y el nombre del hotel, porque si alguien llega a descubrir lo que ustedes ocultan, ella será expulsad