—¿Por qué le echas sal a la herida? —pregunto con mucha intriga, bajo mi pierna para inclinarme hacia delante, dejando reposar mis brazos sobre el escritorio—, es imposible volver a tropezar con la misma piedra, pero se te agradece por ser el buen samaritano que siempre he esperado.
El tono de mi sarcasmo está por los cielos, él me trata como el hombre que no ha quebrado ni un plato, mientras que yo estoy atacando en cada palabra que sale de su boca.
—¿Por qué quieres el divorcio?
¡Oye, quién e