Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 8: La cita
Banco Delacroix – 9:55 de la mañana, al día siguiente
El vestíbulo del banco Delacroix era un templo de mármol blanco y acero cepillado. Columnas corintias sostenían un techo abovedado, y un enorme retrato de Enrique Delacroix —el padre— presidía sobre la recepción. El lugar respiraba el poder discreto de las viejas fortunas francesas.
Lucas Moreau cruzó las puertas acristaladas con la desagradable sensación de entrar en la boca del lobo. Conocía aquel banco antaño, cuando aún era un yerno aceptable. Hoy no era más que un cliente malquerido, convocado como un colegial.
La recepcionista levantó una ceja.
—¿Señor Moreau? La sala de juntas está en la tercera planta. Le acompaño.
La siguió, apretando su maletín con la mano húmeda. En el ascensor se miró en el espejo: traje oscuro, corbata sobria, pero unas ojeras profundas bajo los ojos. Parecía un derrotado. La víspera apenas había dormido. Las revelaciones sobre Ofelia, el embargo de la galería, y aquella gélida advertencia de Camila… «No olvide traer su expediente financiero. Le va a ser útil.»
No necesitaba adivinar qué clase de utilidad.
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Sala de juntas – 10 de la mañana en punto
La sala era imponente: una larga mesa de caoba, sillones de cuero, y todo un muro de ventanales que daban al Sena. Diez personas estaban ya sentadas —directores, juristas, contables. Lucas reconoció algunos rostros. Todos lo miraron con una curiosidad mezclada de desprecio.
Y al fondo de la mesa, frente a él, una mujer.
Llevaba un traje negro, cuello blanco, el cabello recogido en un moño severo. Unas gafas finas —las mismas de la subasta. Su rostro estaba tranquilo, perfectamente maquillado, pero sus ojos… sus ojos eran dos hojas de hielo.
Camila Delacroix.
Su mujer. Su exmujer. Aquella a la que no había reconocido tres semanas atrás.
Lucas sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. La miró boquiabierto, como si viera a un fantasma.
—Siéntese, señor Moreau —dijo ella con voz neutra—. Tenemos mucho de qué hablar.
Se dejó caer en una silla, la cabeza vacía. Los demás participantes intercambiaron miradas, pero nadie comentó nada. La reputación de Camila ya era temible.
Ella abrió un expediente y sacó un gráfico.
—Este es el estado de sus cuentas. Lleva seis meses en números rojos. Su préstamo con nuestra entidad vence dentro de tres semanas. Y no tiene fondos para devolverlo.
Cada palabra era una bala. Lucas intentó rehacerse.
—Puedo renegociar. Proponer un calendario de pagos.
—¿Un calendario de pagos? —fingió sorpresa—. ¿Con qué garantías? Su empresa está sobreendeudada, su reputación está manchada por las recientes revelaciones sobre sus amantes, y su antigua socia, Ofelia Vernet, está siendo procesada por deudas. —Dejó el expediente y entrelazó los dedos—. No me da motivos para confiar en usted, señor Moreau.
Lucas apretó los puños bajo la mesa. Tenía ganas de gritar, de recordarle que habían compartido cama, que ella había llevado su apellido. Pero la dignidad se lo impidió.
—¿Qué propone?
Camila se levantó. Dio lentamente la vuelta a la mesa, deteniéndose detrás de él. Él sintió su perfume —un aroma sutil, amaderado, que no le conocía. Ella había cambiado. Todo en ella había cambiado.
—Propongo una solución sencilla. —Apoyó una mano en el respaldo de su silla—. Usted cede el 30% de las acciones de su empresa al banco Delacroix. A cambio, renegociamos su préstamo en condiciones ventajosas.
—¿El 30%? ¡Eso es extorsión!
—Es negocio. —Volvió a sentarse, impasible—. O busque otro inversor. Pero dudo que nadie acepte financiarlo, vista su situación.
Los demás miembros del consejo asintieron en silencio. Lucas comprendió que no tenía elección. Podía aceptar o declararse en quiebra. Pero aceptar era darle a Camila un arma contra él.
Ella lo había atrapado.
—Lo pensaré —dijo con voz blanca.
—Tiene 48 horas. —Cerró su expediente y se levantó—. Se levanta la sesión.
Los participantes abandonaron la sala uno a uno. Lucas permaneció inmóvil, con los ojos clavados en la mesa. Cuando la puerta se cerró tras el último de ellos, por fin levantó la cabeza.
Camila seguía allí, guardando sus papeles.
—Camila.
Ella se detuvo, sin levantar la vista.
—¿Por qué? —preguntó él con voz quebrada—. ¿Por qué todo esto?
Ella dejó su maletín y por fin lo miró. En sus ojos no vio odio ni piedad. Solo un inmenso cansancio.
—Porque nunca me miraste. Porque pasé cuatro años borrando quién era para gustarte, y ni siquiera lo notaste. Porque el día que me diste los papeles del divorcio, me dijiste: «Te ofrezco dos millones, es más que generoso.»
Su voz se rompió. Respiró hondo.
—Nunca supiste mi valor, Lucas. Ahora vas a aprenderlo. Por tu propio interés.
Cogió su maletín y se dirigió hacia la puerta.
—Camila, espera… —Se levantó y dio un paso hacia ella—. Yo… lo siento.
Ella se detuvo en seco, sin volverse. Sus hombros se tensaron.
—¿Lo sientes? —Soltó una risa amarga, seca y triste—. Lo sientes porque estás perdiendo tu dinero. No porque me hayas perdido a mí.
—No es verdad…
—Entonces, ¿por qué nunca trataste de conocerme? ¿Por qué nunca preguntaste mi opinión, mis gustos, mis sueños? ¿Por qué me trataste como a un mueble? —Se giró bruscamente, con los ojos brillantes de rabia—. Porque no era más que un contrato. Un pedazo de papel. Y firmaste el divorcio como quien tira un pañuelo sucio.
Lucas retrocedió, como abofeteado.
—Así que ahora —concluyó ella, con la voz más baja—, yo también te trato como a un contrato. Un contrato en mora. Paga o piérdelo todo.
Abrió la puerta y salió sin una sola mirada atrás.
Lucas se quedó solo en la vacía sala de juntas. El silencio ensordecía. Se dejó caer pesadamente en una silla y apoyó la cabeza entre las manos.
Había perdido. No solo el dinero. Algo mucho más valioso.
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En el ascensor
Camila se recostó contra la pared, con los ojos cerrados. Le temblaban las manos. Acababa de hacer lo que había planeado, pero la emoción fue más violenta de lo previsto.
Alejandro la esperaba abajo, en el vestíbulo. Al verla salir del ascensor, lo adivinó todo.
—¿Fue duro?
—Me dijo que lo sentía. —Pasó una mano sobre su rostro—. Por poco me derrumbo.
—Pero no te derrumbaste.
—No. —Enderezó los hombros—. Porque esto es solo una batalla. La guerra continúa.
Salieron del banco bajo el sol otoñal. Camila levantó los ojos al cielo. En algún lugar, por encima de las nubes, imaginó a su padre sonriendo.
«Llevas el genio en la sangre.»
Al menos eso esperaba.
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Despacho de Lucas – 4 de la tarde
Había salido del banco como una exhalación, negándose a responder a las preguntas de sus colaboradores. En su despacho se encerró con llave, abrió un cajón y sacó una fotografía —la única que tenía de Camila, tomada en una gala tres años atrás.
Estaba con un vestido rojo, sonriente, con los ojos vueltos hacia él. Recordó aquella noche: él había sido glacial, distante, excusándose con el trabajo. Ella había sonreído de todas formas, como sonreía siempre.
¿Por qué? —se preguntó por enésima vez—. ¿Por qué lo soportó todo?
La respuesta era evidente, terriblemente evidente. Porque lo quería. Porque esperaba curarlo de su frialdad. Porque creía que su paciencia acabaría dando frutos.
Y él la había traicionado. A diario, metódicamente, con la indiferencia del poderoso.
Cogió su teléfono y escribió un mensaje a Camila. Sin justificaciones, sin súplicas. Solo tres palabras.
«Tenías razón.»
Lo envió, sabiendo que ella no respondería. Pero necesitaba decirlo. Por él mismo.
Afuera caía la noche sobre París. Y en la oscuridad, un hombre empezaba apenas a medir la magnitud de su caída.
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Palacete – 11 de la noche
Camila estaba en su habitación, en pijama, con un libro abierto sobre las rodillas. Su teléfono vibró. «Tenías razón.»
Leyó el mensaje una vez, dos veces. Luego dejó el teléfono en la mesilla, sin responder.
¿Razón? ¿Qué razón? ¿Que él era un egoísta? ¿Que no merecía su amor?
Apagó la lámpara, se giró de lado. En la oscuridad, una lágrima rodó por su mejilla, que ni siquiera se molestó en secar.
—Duerme bien, Lucas —murmuró—. Mañana tendrás mi respuesta.
Mañana le haría una oferta. No la que él esperaba.
La que él merecía.







