Algún tiempo después, aprovechando un momento en que Hamdan quedó solo en uno de los corredores del palacio, el Emir se acercó.
Su expresión era severa. No hubo saludos.
Ni cortesías.
Lo miró directamente a los ojos.
—Eres un mal padre.
Hamdan sintió un golpe en el pecho.
El Emir continuó.
—Y estás convirtiéndote en un peor esposo.
El jeque permaneció en silencio.
—No entiendo qué está ocurriendo contigo.
Hamdan respiró profundamente.
—Adnan sigue siendo mi hijo.
Su voz estaba cargada de dolor.