Parte I: Charles Schmidt
La sala de partos era un vórtice de luces blancas, monitores pitando y el olor penetrante del antiséptico. Pero para mí, nada de eso existía. Solo existía Rebeca.
Su mano apretaba la mía con una fuerza sobrehumana, marcando el ritmo de cada contracción. Yo estaba a su lado, vestido con la bata quirúrgica, secando el sudor de su frente y susurrándole al oído todas las palabras de aliento que mi alma podía articular.
—Un último esfuerzo, Rebeca.
—Vamos, amor mío, tú puede