Capítulo 5

No pasó una semana desde mi renuncia, y una mañana tocaron mi puerta para embargarme todo y sacarme del apartamento.

No importó que presentara mis facturas, que llorara y que buscara la manera de poder recuperarme, era un no parar mí, simplemente.

Me fui a un hotel hasta que pudiera resolver cómo poder alquilar otro lugar donde vivir, pero el dinero se iba agotando poco a poco, los ahorros no eran eternos.

Entonces recibí una llamada de él. Nunca olvidaré la voz fría al otro lado de la línea. Sin un saludo, sin agrado. Pero lo peor es que la reconocí al instante, como si nueve años no fueron suficientes para borrar cualquier rastro de él.

"Si sabes lo que te conviene Elora, vuelve al trabajo. No me hagas perder más el tiempo. He pasado toda una semana con trabajo en exceso, porque la encargada de este papeleo no está en su puesto correspondiente. Deja de actuar como una niñita malcriada, eres bastante adulta y por lo visto has crecido lo suficiente"

No hubo un saludo, no hubo nada. Era la actitud de alguien que te odia profundamente.

¿Pero por qué iba él a odiarme a mí? ¿A caso no fue él, el que me abandonó?

¿Por qué de repente se aparece en mi vida como si nada y hablándome con tanta confianza?

Llena de rabia le contesté...

"¿Quien carajos se cree usted para tratarme así?"

"¿Quieres dormir otra semana más en un hotel? ¿Te queda dinero? No creo que tus miserables ahorros te den para sobrevivir una semana más. Te espero en una hora en el lobby del hotel en el que estás. Asegúrate de ser puntual. Me asquean los impuntuales."

Así fue como nueve años después, yo con veintisiete y él con treinta y uno, volvimos a hablar cara a cara. Esa tarde hacía frío, bajé al lobby y lo esperé dos malditas horas que se sintieron eternas y así ese mal nacido dijo que le asquean los impuntuales. Sus palabras nunca coinciden con sus acciones. No cambia absolutamente nada.

Pero justo cuando iba a levantarme para salir del lugar, él entró desprendiendo poder y confianza. Con su porte de hombre rico llamando la atención de todos.

Tan pronto se acercó a mí, sentí lo costoso de su perfume golpearme la nariz y mi estómago se contrajo revoloteando como si las mariposas estuvieran por salirme por la boca.

Era una clase de emoción dolorosa para mis tripas y sofocante para mi sistema nervioso.

Se sentó frente a mí, y me habló sin perder tiempo.

—Voy directo al grano, no estoy para perder el tiempo hablando de lo mismo otra vez.

Colocó unas llaves sobre la mesa.

—Son las llaves de tu nuevo apartamento. Es tuyo, o más bien, lo pagaré para ti. Es donde vas a vivir, queda cerca de la empresa y desde ahora te dejo claro que no puedes permitir que ninguna sujeto de apariencia masculina, o dígase genitales masculinos, te visite al lugar que yo pagaré. ¿Entendiste? Si quieres revolcarte con alguien, que pague un motel. Supongo que no te acuestas con bastardos pobres, supongo que pueden pagar un motel para ti.

Me levanté rápido llena de ira. Esa maldita cara que ahora tenía barba suave, esa misma cara fue la que me abandonó y me engañó y ahora me habla como si yo fuera una cualquiera.

Nueve malditos años pasaron y este perro bastardo viene hacia a mí, como un sinvergüenza tratándome como basura, cuando la única basura aquí es él.

—No, no me interesa nada que venga de su familia. Bastante hicieron por mi madre. Ya mi madre no está viva. Soy adulta y responsable de mi vida ahora. Ahórrese su apartamento y sus "reglas" no tengo interés.

Al darme la vuelta me habló.

—¿Y por ti no hicimos nada?

Me detuve y gire mi rostro hacia él.

—¿Quieres un reconocimiento? Desaparece de mi vista. Me enferman los hombres arrogantes y de nula capacidad cognitiva o pensante.

Escuché el golpe seco en la mesa y no giré. Aceleré mis pasos como alma que lleva el diablo. El corazón me tembló y sentía ganas de vomitar. Empece a llorar agitada, era él, me miraba como me miraba cuando éramos adolescentes, solo que ahora su mirada era fría y oscura, con odio hacia mí.

Lloré al cerrar la puerta, recordándolo, volviendo al pasado que había prometido olvidar por siempre y tocaron el timbre. Apenas me estaba lavando la cara y tomando un calmante para el dolor de cabeza.

Observo por la mirilla, y veo que es uno de lo administradores del hotel. Salgo con una sonrisa falsa dibujada en mi rostro, para que no se me note lo decaída que estoy.

—¿Sí?—

—Tiene que recoger sus cosas y marcharse ahora mismo de hotel.

—¿Qué?

Mi sonrisa se borró de golpe. ¿Qué estaba ocurriendo de repente?

—Salga ahora mismo de esta habitación. No puede quedarse ni un día más.

—Pero pague para estar aquí y...

—Se le hará un reembolso. Así que no nos obligue a sacarla por la fuerza.

Mi cara era un poema, pero no uno dulce más bien, un poema de terror.

Y ahí supe que este hombre había venido a hacerme la vida imposible. Me sacaron del hotel de una manera terrible, casi a patadas como si fuera un delincuente. Las miradas sobre mí, eran tan vergonzosas, me habían humillado de tal forma que ni siquiera quería levantar la mirada y justamente Cedric estaba afuera, no me había dado cuenta de que él estaba mirándome desde la distancia.

No pude sacar todas mis cosas de la habitación, ellos me dijeron que las enviarían al lugar donde esté alojada después.

Simplemente salí con una maleta y empecé a caminar sin rumbo, aunque no tardé mucho haciéndolo, mientras caminaba, noté que un coche me seguía a la distancia así que aceleré el pasó. Pero no llegué lejos. Cuando iba a cruzar una calle, para mí mala suerte el semáforo cambió y un coche frenó frente a mí, al darme la vuelta choqué con el pecho de un hombre, fornido y me entró al coche como a una muñeca.

Estaba llorando mucho cuando entré al coche, mi cabello desordenado y al mirar Cedric estaba ahí, mirándome fijamente.

—¿Fuiste tú verdad?

Le grité mirándole a los ojos con rabia. Pero ese bastardo, fue tan cruel.

—Conmigo las cosas son por las buenas o por las malas. Lástima que siempre elijas las cosas por malas fingiendo que eres fuerte. No tienes donde caerte muerta, lo que significa que tu vida debe girar entorno a mí, a partir de ahora. Te haré dos preguntas y dame una respuesta rápida. ¿Deseas ir a tu apartamento nuevo o quieres dormir en la calle esta noche?

Me quedé mirando la llave en su mano. Calle o jaula, esas eran mis opciones. Y odiaba a Cedric porque lo sabía.

Me tenía en sus manos como él quería tan simple y sencillo como eso. En mi interior gritaba que si no tenía derecho a vivir en paz, a vivir mi vida a mi manera, que si toda mi vida tenía que vivirla llorando y siendo esclava de un maldito agradecimiento

¿Mi vida acaso debía girar entorno a ese maldito apellido?

Pero sabía que nadie me iba a contestar, Dios estaba enojado conmigo por haber matado a mi propio hijo. Ese hijo que evitaba recordar a toda costa, pero al ver a Cedric, el arrepentimiento me estaba volviendo a golpear.

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