—¿Qué? ¿En mi oficina? —Alba palidece ante la situación y antes de responder, el hombre anticipa.
—Sí, se equivocó de puerta. ¿Iba al baño, no?
—¡Sí, sí! —contesta con voz trémula.
Al notar las intenciones de su padre de incomodar a la chica, Enrique trata de justificarse:
—Debí acompañarte, lo siento. Pero entonces, ya viste mi oficina, supongo.
—Sí, por eso me dejé llevar por la lujosa decoración. ¡Lo siento! —baja la mirada.
El hombre escucha atento a la nerviosa joven y esto provoca