—¿Y hay algún problema con eso? —usa ese tono a la defensiva que me gusta, pero nuevamente estalla en risas, contagiándome.
—¿Por qué tendría haber uno? —pregunto, intrigado.
—No lo sé. —Se encoge de hombros—. No es común que me vea reír porque solo hemos pasado momentos siendo jefe-secretaría o profesor-alumna, en esas situaciones no tengo razón para reírme.
—¿Y ahora sí la tiene? —Llega el ascensor y nos adentramos en él.
—Algo así, son pensamientos tontos que me hace reír.
—Yo creo que