RAINA
—¡C-creo... que ya es hora! —balbuceó Faith.
Su voz temblaba mientras otra contracción recorría su cuerpo.
No dudé ni un segundo.
Saqué el teléfono y marqué el número de Dominic con dedos torpes.
Contestó al tercer tono.
Su voz sonaba tranquila, aunque yo estaba al borde del pánico.
—Ve al hospital —ordené sin rodeos—. Ya es hora.
Ni siquiera esperé a que respondiera.
Colgué inmediatamente.
Volví a mirar a Faith y apoyé una mano sobre su hombro.
Respiraba con dificultad.
Sus ojos estaban