El ordenador se abrió.
Sonreí al ver la simplicidad de su contraseña. Un hombre como él, con negocios ilícitos que valían miles de millones, ¿y su contraseña era un simple anagrama de la combinación de las letras del nombre de su hija? Claro que había que combinar las letras en la posición exacta, teniendo en cuenta cada letra en orden creciente en el abecedario. Pero aun así, era algo muy simple para alguien como él.
Abrí la carpeta de documentos, que estaba llena y repleta, pero nuevamente ha