Los frescos labios de Gabriel se posaron suavemente sobre mi frente.
Solo fue un instante.
Un gesto contenido y respetuoso, como el roce de una libélula sobre el agua, antes de retirarse.
—María, no me rechaces. Te demostraré con acciones que voy en serio —la voz de Gabriel sonaba profunda y agradable mientras me miraba a los ojos.
Mi corazón se aceleró.
Una sensación de conmoción, incontenible, atravesó mi interior.
Toda una vida en soledad, como una hoja a la deriva.
Excepto por mi hijo, nadie