—¡Te estoy hablando! —Ella alzó la voz, impaciente por mi respuesta.
Su pie derecho se empezó a mover repetidas veces y yo solo la veía estupefacta por no entender el motivo de su reacción. Parpadeé para poder entrar en razón y responderle.
—L-lo siento, es que se me cayó y no era mi intención revisar tus pertenencias —respondí, en mi defensa.
—¡No debiste ni tomarla, Ximena! ¿Tus padres no te enseñaron a respetar la privacidad de otros? —cuestionó, con ambas manos en la cintura.
Esa Agatha se