Daryl se quedó inmóvil, con los ojos completamente abiertos. El silencio de la habitación se volvió sofocante de repente. Las palabras de Michelle acababan de golpear su orgullo como un mazo, dejando una sensación ardiente que le tensó aún más la mandíbula.
—¡Eres una mujer barata! —espetó Daryl entre dientes, con la voz temblando de rabia contenida.
Retrocedió bruscamente y la observó como si fuera la persona más extraña que hubiera visto jamás.
—¡Mi cuerpo solo le pertenece a la mujer que amo! ¡No sueñes con que voy a tocarte!
Michelle no apartó la mirada. Al contrario, soltó una suave carcajada que sonó terriblemente fría en los oídos de Daryl. Dio un paso atrás y cruzó los brazos sobre el pecho en un gesto claramente desafiante.
—¡Perfecto! —replicó ella con fuego en los ojos—. Entonces retrasa el divorcio todo lo que quieras. Tal vez tengas que esperar seis meses. ¿O un año? ¿Quizá dos? ¿Cinco años más? Solo entonces podrás convertir a tu gran amor en la señora Daxon.
—Tú...
Daryl señaló su rostro con un dedo tembloroso. Respiraba con dificultad; su pecho subía y bajaba con brusquedad. Estaba harto. Completamente harto de todos los dramas, rechazos y juegos que Michelle había estado utilizando desde aquella tarde. Su mente estaba bloqueada, consumida por un orgullo que ya había sido incendiado por la ira.
—¿Qué pasa? ¿Te duele imaginarlo? —continuó Michelle, echando más leña al fuego que ardía en la cabeza de su marido—. El tiempo de Thania es limitado, Daryl. ¿De verdad crees que estará dispuesta a esperarte durante años mientras sigues casado conmigo?
—¡Basta, Michelle! —rugió Daryl.
Su voz resonó por toda la habitación silenciosa. Se pasó una mano por el rostro con brusquedad antes de mirarla con unos ojos oscurecidos por la frustración.
—¡De acuerdo! ¡Pero mañana nos divorciaremos! ¡No te atrevas a romper tu palabra!
—Yo siempre cumplo mis promesas, señor Daxon —respondió ella sin apartar la vista.
Sin previo aviso, Daryl avanzó hacia ella.
Todo ocurrió tan rápido que Michelle no tuvo tiempo de reaccionar. Antes de que pudiera comprender lo que sucedía, él ya le había sujetado la muñeca con firmeza.
—Daryl, ¿qué...?
De un fuerte tirón, la arrastró y la empujó sobre la cama king size que se encontraba detrás de ellos. Michelle dejó escapar un pequeño grito cuando su espalda impactó contra el colchón y su cabello se desparramó sobre las sábanas.
Antes de que pudiera incorporarse, Daryl ya estaba encima de ella, atrapándola bajo el peso de su cuerpo. Sus ojos brillaban con una ira intensa. Con movimientos rápidos y precisos, se quitó la corbata de seda que colgaba floja de su cuello.
—No te arrepientas después —gruñó junto a su rostro.
Le llevó ambas manos por encima de la cabeza y, utilizando la corbata, le ató las muñecas con una firmeza calculada.
—Daryl, suéltame. Tú...
Sus palabras quedaron interrumpidas.
Daryl inclinó la cabeza y la besó de forma brusca. No había ternura ni romanticismo. Aquel beso era una descarga de toda la frustración y el resentimiento que había acumulado. Era el desahogo de un hombre que se sentía acorralado por las circunstancias.
Michelle jadeó bajo su dominio. Cerró los ojos con fuerza.
Mientras las caricias ásperas de Daryl recorrían su piel, una lágrima cálida escapó silenciosamente de la comisura de sus ojos y descendió por su sien hasta perderse en las sábanas.
Era demasiado triste.
Su pecho dolía con intensidad al darse cuenta de que, el día en que finalmente entregaba aquello que había protegido durante cinco años de matrimonio, debía hacerlo con un hombre que no la amaba. Un hombre que jamás había deseado realmente su presencia en su vida.
Pero no tenía alternativa.
Su deseo de tener un hijo y su propia determinación eran más fuertes que el dolor que destrozaba su dignidad aquella noche.
De repente, Daryl se apartó.
Su respiración agitada rozó el cuello de Michelle. Luego levantó la cabeza y descubrió el rastro húmedo sobre su mejilla, tan distinto de la valentía que ella había mostrado apenas unos minutos antes.
—¿Por qué lloras? —preguntó con voz ronca—. ¿Te arrepientes?
Michelle abrió los ojos y lo miró directamente. A través de la niebla de emoción que comenzaba a reemplazar la ira en los ojos de Daryl, ella logró esbozar una sonrisa tenue, hermosa y obstinada.
—En absoluto —respondió.
Su voz tembló ligeramente, pero sus palabras fueron firmes.
Se movió apenas un poco, reduciendo aún más la distancia entre ellos.
—Continúa, Daryl. De verdad, lo único que quiero es tu cuerpo.
Aquellas palabras terminaron de destruir el poco autocontrol que aún le quedaba.
Lo que Michelle acababa de decir fue la chispa que consumió los restos de su razón.
Daryl volvió a inclinarse sobre ella, reclamando su cercanía con una intensidad cada vez más difícil de contener.
El tiempo pareció detenerse dentro de aquella habitación cerrada.
Las horas transcurrieron una tras otra sin interrupciones. Lo que había comenzado como un impulso nacido de la ira terminó convirtiéndose en una extraña obsesión para Daryl. Cada vez que intentaba detenerse, la resistencia de Michelle y la presencia de ella lo arrastraban de nuevo al mismo torbellino.
Parecía incapaz de sentirse satisfecho.
Seguía deseando más de aquella mujer a la que, durante cinco años, había considerado poco más que un adorno sin alma.
Sin darse cuenta, cayó la noche.
Cuando el reloj de pared marcó las diez en punto, el silencio volvió a dominar la habitación.
El aire estaba cargado y pesado, como si guardara el recuerdo de todo lo ocurrido.
Daryl yacía de lado sobre la cama, profundamente dormido. Su respiración era lenta y constante, señal de que el agotamiento finalmente había vencido a su cuerpo.
Michelle abrió los ojos lentamente.
Todo le dolía. Su cuerpo estaba agotado, pero su mente nunca había estado tan clara.
Giró la cabeza para observar el rostro dormido de Daryl. Mientras dormía parecía tranquilo, completamente diferente del hombre cruel y distante que había conocido durante años.
Con extremo cuidado para no despertarlo, terminó de liberar sus muñecas de la corbata que aún dejaba marcas rojizas sobre su piel.
Se sentó en el borde de la cama y bajó la vista hacia sí misma.
Luego extendió una mano temblorosa y acarició suavemente el rostro de Daryl. Sus dedos recorrieron aquella mandíbula firme con una ternura frágil y silenciosa.
—Me voy, Daryl —susurró.
Su voz casi se perdió en la quietud de la noche.
—Gracias por concederme mi deseo. Así no tendré que esperar otros seis meses en esta casa.
Una nueva lágrima se acumuló en sus ojos, pero esta vez no permitió que cayera.
Respiró profundamente mientras contemplaba el rostro del hombre que había ocupado cada rincón de su corazón durante tantos años.
—Te he amado desde que éramos niños, Daryl...
Sonrió con amargura al recordar un pasado que ahora parecía tan lejano.
—Pero ahora... mi amor ha muerto. Esta noche he pagado toda mi deuda emocional contigo. Espero que seas feliz con la elección que has hecho.
Retiró lentamente la mano.
Después bajó de la cama con pasos vacilantes y caminó hacia el baño para asearse lo mejor que pudo.
Cuando salió, recogió una a una las prendas que estaban esparcidas por el suelo y volvió a vestirse con movimientos tranquilos y decididos.
Tal como había prometido, no tocó ni un solo documento relacionado con la compensación que Daryl le había ofrecido.
No quería el veinte por ciento de las acciones.
No quería aquella mansión.
No quería nada de la fortuna de la familia Daxon.
Lo único que deseaba era la semilla que ahora llevaba dentro de sí.
Para Michelle, ese futuro hijo era la única garantía de que nunca volvería a estar sola en el mundo.
Una vez vestida, se acercó a la mesita de noche junto a la cama.
Sacó una hoja en blanco y un bolígrafo del cajón.
Con la mano firme, escribió varias líneas sobre el papel.
Cuando terminó, dejó la carta sobre la mesita, junto al certificado de matrimonio y los documentos de divorcio que ella misma había firmado.
Finalmente, volvió la vista hacia Daryl por última vez.
Quería asegurarse de que aquel rostro sería el último recuerdo que se llevaría consigo al abandonar aquella casa.