El autobús penitenciario olía a cloro y a algo más viejo.
A miedo que se había impregnado en las paredes durante años hasta volverse parte de la estructura.
Isadora lo notó en cuanto cruzaron el primer control.
Habían salido de Viena a las seis de la mañana.
El Especialista conducía. Dante iba en el asiento del copiloto con la vista fija en la carretera y las manos quietas sobre los muslos, demasiado quietas, como si se las estuviera sujetando a sí mismo.
Isadora iba atrás.
Leyendo el documento