Don Ramiro tenía ochenta y cuatro años y abrió la puerta a las dos de la madrugada sin sorprenderse de ver a Dante.
Lo miró un momento.
Lo estudió con los ojos de alguien que ha aprendido a leer a las personas en los primeros segundos porque los primeros segundos son cuando la gente muestra lo que intenta esconder en el resto de la conversación.
—Pase —dijo Don Ramiro.
Y eso fue todo el protocolo de bienvenida.
La casa era pequeña. Limpia con el orden específico de quien vive solo y mantiene la