"Los declaro marido y mujer, puede besar a la novia".
Las palabras del juez civil se repiten en mi cabeza una y otra vez. Con temblores en todo mi cuerpo, miro a Bratt buscando una respuesta para la frase que todos cantan a coro, como resultado a que no hemos hecho ningún movimiento:
«¡Beso! ¡Beso! ¡Beso!»
Él se muerde el labio inferior dubitativo, como si temiera acceder a la petición de los presentes o como si creyera que tendría una represalia de mi parte.
—¿Qué dices, pecosa? ¿Le damos un b