El sol ya estaba firme en el cielo cuando Catarina regresó a la hacienda. Su corazón todavía latía acelerado por todo lo que había vivido la noche anterior. Apenas podía contener las ganas de compartir la novedad con su cuñada. En cuanto bajó del caballo, subió las escaleras decidida, con una sonrisa que apenas le cabía en el rostro.
Llamó suavemente a la puerta del dormitorio de Lila.
—Lila, despierta, perezosa. Tengo una noticia que…
Las palabras murieron en su garganta. En la cama, bajo las