Lila dio un paso al frente, señalando con el dedo el pecho de Taylor, como si el menor titubeo pudiera convertirse en una confesión. La cálida luz del atardecer entraba por la ventana de la sala y dibujaba franjas doradas sobre el suelo de madera, iluminando un escenario que, en cuestión de segundos, prometía convertirse en un pequeño tribunal familiar. Catarina, de pie entre el porche y la sala, cruzó los brazos con pose de jueza y frunció el ceño, claramente divirtiéndose mucho más de lo que